Por Eduardo D. Benítez
Viñetas en tamaño extra large, hamburguesas gigantes, héroes disfuncionales y villanos revoltosos. Así de heterogéneo y festivo es el brebaje icnográfico del artista Esteban Rivero, cuya obra viene de cobrar vigor tras su exitoso paso por la última edición de ArteBA. De mirada perspicaz y entradora, irónica y sensible a la vez, este desprejuiciado alquimista de las artes visuales no titubea a la hora de convocar y mixturar universos estéticos de los más disímiles. Si Batman, Andy Warhol, la lucha libre y el “pin up” dicen presente en su obra, no es por mero capricho. Es el producto de un recorrido de vida y la consolidación de un gusto personal que nutre un curriculum donde nada fue fácil, donde hubo que recurrir a un enorme esfuerzo creativo para rankear alto en un mundillo cultural que hoy conoce en detalle. Estudiante trunco de la licenciatura de psicología, otro tanto de la carrera de artes visuales y telemarketer converso en una compañía telefónica, Rivero materializa la utopía del hombre común y de barrio, que sueña con alborotar galerías y museos haciendo visibles sus criaturas fantásticas. Ese sueño ya está cumplido. En su taller del barrio de Almagro, donde no sólo tiene lugar la instancia creativa sino también las clases que semanalmente dicta a un puñado de fieles alumnos, tuvo lugar la charla que sigue.
-¿Cómo llegaste a dedicarte al arte?
- Desde toda la vida pinté y dibujé porque lo tenía muy a
mano. Mis viejos tenían una librería y juguetería que fue como mi primera
escuela, donde tenía disponibles lápices y lapiceras de todos los trazos y
formatos posibles. Pero a los once años, justo después del boom de la película
Batman de Tim Burton, empecé a fanatizarme con las historietas de superhéroes.
-¿Quién fue tu maestro?
-Creo que Quique Alcatena, con quien empecé un curso de
historieta mientras terminaba la secundaria. Fue menos de un año, pero me
sirvió mucho porque terminé de estructurar todo lo que me faltaba como
autodidacta. También ayudó a organizar mi estilo: por mi cuenta yo siempre
dibujaba cosas más bien tramadas, de línea. Pero él mismo me dio a entender que
mi estilo tenía que ver con una cosa más plana. Y mejoré de una manera abismal.
Ese mismo año también conocí a un artista joven, Martín Riwnyj, con quien
empecé a estudiar pintura y después a trabajar como asistente. A partir de ese
momento, me fui enganchando cada vez más con la pintura y descarté la idea de dedicarme
a dibujar historietas. Para que la historieta apareciera en mi obra, tuvo que
pasar un poco más de tiempo: unos 5 o 6 años...
-¿Y cómo fue esa “aparición”?
-Al principio tenía el prejuicio de pensar que la historieta
no se podía insertar dentro del “arte”. La primera obra que hice remitida
directamente al comic fue en el 2007. Fue la primera vez que apareció la figura
del superhéroe, que es como una especie de Superman argentinizado. Lo fui
desarrollando cada vez más hasta que apareció la versión latinoamericana y
tercermundista del superhéroe como tal. Más adelante fui ampliando el juego y
surgieron elementos de la televisión, el cine, etc.
-Aparece también un comentario más social en tu obra, ¿puede ser?
-Hay algo de eso. Sin darme cuenta, asoman algunos elementos
que muchos interpretaron como una alusión a la inseguridad. Pero no fueron
intencionales, yo lo pensé como una burla, con onda, a esa costumbre de traer
el espíritu del Bronx a la Argentina, ridiculizar un poco a los hiphoperos. Hay una intención por
entender lo latinoamericano desde una visión tercermundista, y que nosotros,
consciente o inconscientemente tomamos y repetimos. Esa idea de que no tenemos
un mango y lo “atamos con alambre”, entonces en vez de tener un súper uniforme
nos ponemos una sabana y las antiparras. Es también una manera de estar
orgulloso de esas cosas y decir: nuestra historia nos llevó a esto y hacemos lo
mejor que podemos, no hay por qué tratar de imitar lo de afuera.
-Es bastante novedoso el universo con que trabajás… ¿te parece que es
algo que hacía falta dentro de las artes plásticas?
- Me parece, sobre todo, que hacía falta hacerlo con cierto
nivel de sinceridad o interés genuino. Quizás desde lo visual hay mucha gente
que trabaja referenciando a la historieta, o al cine, con esta estética “pop”
si se quiere, pero me da la impresión de que muchas veces eso viene desde el
lado de la burla o desde la crítica, o incluso desde el desconocimiento. Yo
laburo el mundo de los superhéroes porque me fascina, porque lo conozco. No lo
abordo desde la soberbia, eso me parece que es lo novedoso. La Historieta es un
arte en sí mismo, y yo le rindo homenaje…
-¿Cómo definirías al “pop latinoamericano”?
- Creo que es entender lo latino como algo válido, es
despegarse de la visión europeizante que, al menos los porteños, tenemos
muchísimo. Somos un cruce de pueblos originarios, del exterminio, del flujo migratorio,
y seremos a veces hijos de italianos o de españoles, pero no somos hijos de
intelectuales parisinos, somos la “chusma ultramarina”. Yo tomo de alguna
manera las mismas cosas que toman algunos artistas del arte pop pero con una
intención diferente, mientras Roy
Lichtenstein estaba haciendo algo kitsch y burlándose, yo lo tomo con
respeto.
Entrevista publicada originalmente en Revista Bilon